La taqiyya y la kitman son dos conceptos fundamentales para comprender la disimulación en el islam: la posibilidad de ocultar, dosificar o deformar la verdad cuando se considera útil para la defensa del islam, la protección de la comunidad musulmana, la propaganda religiosa o las relaciones con los no musulmanes.
Según esta lógica, la taqiyya no se refiere únicamente al musulmán obligado a renegar exteriormente de su fe para salvarse de una persecución. También puede referirse a la manera en que se presenta el islam en los países no islámicos, en el Dar al-Harb, es decir, en los territorios habitados por los kafir, los incrédulos. En estos contextos, sobre todo cuando los musulmanes son una minoría o todavía no tienen suficiente fuerza política, la disimulación puede convertirse en un instrumento para parecer moderados, tranquilizadores y compatibles con la sociedad de acogida.
No se trata de acusar a cada musulmán de mentir en cada ocasión. El problema es más profundo: en las fuentes y en la tradición islámicas existe una lógica doctrinal que puede hacer lícita la disimulación cuando decir toda la verdad sobre el islam dejaría al propio islam en mal lugar, dificultaría su aceptación pública o perjudicaría los intereses de la comunidad musulmana.
Por eso, en los debates públicos occidentales, el islam se presenta a menudo como una religión de paz, diálogo, tolerancia, igualdad y espiritualidad, mientras se silencian o minimizan temas como la yihad ofensiva, la apostasía, la inferioridad jurídica de la mujer, la poligamia, el matrimonio con menores, la esclavitud, la condición de dhimmi, la sharía y la hostilidad doctrinal hacia los infieles.
La condena de la mentira y sus excepciones
A primera vista, también el islam parece condenar la mentira de forma tajante. Como cualquier religión que quiera presentarse como moralmente seria, la predicación islámica contiene severas advertencias contra la falsedad y el engaño. Pero el punto decisivo, como sucede a menudo cuando se estudian las fuentes islámicas, es no quedarse en el principio general: hay que ver qué excepciones se admiten, en qué circunstancias, contra quién y en interés de qué.
Mahoma se expresó claramente sobre la importancia de decir la verdad:
«Debéis decir la verdad, porque la verdad lleva a la virtud y la virtud conduce al Paraíso, y quien busca siempre la verdad acabará siendo recordado por Alá como un hombre honesto. Pero absteneos de mentir, porque la mentira lleva a la abyección y la abyección conduce a las llamas del Infierno, y quien persevera en la mentira será recordado por Alá como un hombre falso». (Sahih Muslim 2607c)
Este pasaje, tomado por sí solo, parecería cerrar cualquier discusión: la verdad conduce al Paraíso y la mentira al Infierno. Pero en las fuentes islámicas el panorama es mucho menos lineal. Junto a la condena general de la mentira encontramos, de hecho, casos en los que se admiten el engaño, la disimulación o la ocultación de la verdad cuando sirven a la guerra, a la protección de la comunidad musulmana, a la defensa del islam, a la propaganda religiosa o a las relaciones con no musulmanes percibidos como hostiles.
Es precisamente aquí donde surge el problema: en el islam, la mentira no siempre parece prohibida como tal, sino que puede volverse lícita cuando se considera útil para un fin superior. Y dentro de esta lógica se sitúan los conceptos de taqiyya y kitman: no simples invenciones polémicas de los críticos del islam, sino doctrinas ligadas a la relación entre verdad, prudencia, defensa religiosa, guerra, conquista y presentación pública del islam.
La prohibición de mentir, por tanto, no siempre aparece como un principio absoluto. Como muchas otras normas del islam, parece admitir excepciones cuando la mentira se considera útil para un fin religioso, político o militar. No es casual que ciertas normas morales parezcan a menudo más vinculantes en las relaciones internas de la comunidad de fieles musulmanes que en las relaciones con los infieles o con los enemigos del islam.
Taqiyya y Kitman: la santa hipocresía
El término taqiyya designa la disimulación de la propia fe, de las propias intenciones o de la propia adhesión al islam en determinadas circunstancias. El principio afín es el de la kitman, a menudo traducido como «reserva mental»: no necesariamente decir una mentira explícita, sino no decir toda la verdad, ocultar una parte decisiva de la información, presentar los hechos de forma parcial y desorientar al interlocutor.
La diferencia es importante. La taqiyya puede consistir en renegar exteriormente de la propia fe o en ocultar la propia identidad religiosa. La kitman, en cambio, puede consistir en dosificar la verdad: decir solo lo que conviene, callar lo que dejaría al islam en mal lugar, mostrar únicamente el rostro tranquilizador de la religión islámica y ocultar el doctrinal, jurídico y político.
La taqiyya, por tanto, es la práctica de mentir o disimular en interés del islam. El objetivo puede ser engañar a los incrédulos, convenciéndolos de la benignidad del islam mediante la eliminación de dudas y preocupaciones sobre esta religión. La kitman, en cambio, puede funcionar de una manera aún más sutil: no negarlo todo, sino mostrar solo lo que conviene mostrar.
Uno de los argumentos principales de quienes practican esta forma de propaganda es presentar el islam como una religión perfectamente compatible con la libertad occidental, con la democracia, con la igualdad de derechos y con la igualdad de derechos de las mujeres. Pero cuando se pasa de los eslóganes a las fuentes islámicas, el panorama resulta mucho menos tranquilizador.
La guerra es engaño
Al hablar de los enemigos de los musulmanes, Mahoma enunció un principio decididamente distinto de la condena general de la mentira:
«La guerra es engaño» (Sahih Bukhari – Volumen 4, Libro 56, Número 3030)
Este dicho es importante porque muestra que, al menos en el contexto bélico, el engaño no se tolera simplemente, sino que se considera parte de la estrategia. El punto crítico es comprender hasta qué punto este principio ha permanecido circunscrito a la guerra y hasta qué punto, en la historia islámica y en la práctica apologética, se ha extendido también a la propaganda religiosa, al diálogo público y a las relaciones con los no musulmanes.
Cuando la guerra es engaño, la frontera entre verdad moral y utilidad estratégica se vuelve muy tenue. Y cuando una religión posee también una dimensión política, militar y jurídica, el engaño no queda necesariamente limitado al campo de batalla: puede convertirse en un método de presentación, defensa y difusión de la ideología religiosa.
Un ejemplo de desinformación en la tradición islámica
En la traducción del Corán a cargo de Hamza Piccardo, el comentario al contexto de Corán 3:172 dice:
«Continúa la narración de los hechos relativos a la batalla de Uhud. […] Un idólatra, amigo de los musulmanes, recibió el encargo de llevar noticias falsas al campamento mecano, contando que toda la ciudad de Medina se había movilizado. Confundidos por la estratagema y por la astuta operación de desinformación llevada a cabo por los musulmanes, los Quraysh decidieron regresar cuanto antes a La Meca».
Lo interesante es que el episodio se presenta sin especial incomodidad: la operación de desinformación se describe como una estratagema eficaz contra el enemigo. Una vez más, el problema no es la mentira en sí, sino el contexto en el que se emplea y el fin que supuestamente la justifica.
El Corán y la disimulación
El concepto de taqiyya suele vincularse también al Corán. Uno de los versículos más citados es el siguiente:
«Que los creyentes no se alíen con los incrédulos, prefiriéndolos a los fieles. Quien hace esto contradice la religión de Alá, a menos que temáis algún mal por su parte. Alá os advierte con respecto a Sí Mismo. El devenir es hacia Alá». (3:28)
Leído sin las lentes de la apologética islámica, el versículo abre claramente la puerta a la disimulación en las relaciones con los no musulmanes, especialmente cuando estos se perciben como peligrosos, hostiles o contrarios a los intereses de la comunidad islámica. La excepción es decisiva: el creyente no debería preferir a los incrédulos antes que a los fieles, pero puede adoptar hacia ellos un comportamiento prudente, estratégico o aparentemente conciliador cuando teme un daño.
En otras palabras, el versículo no autoriza simplemente una amistad libre y transparente con los incrédulos, sino que introduce una excepción ligada a la prudencia, a la protección y al temor. Es precisamente en esta excepción donde se inserta el tema de la taqiyya.
En otro versículo dice:
«En cuanto a quien reniega de Alá después de haber creído —excepto aquel que sea obligado a ello, conservando serenamente la fe en el corazón— y a quien deja entrar la incredulidad en su pecho: sobre ellos recae la cólera de Alá y tendrán un castigo terrible». (16:106)
Aquí el principio aparece aún más claro: el creyente coaccionado puede renegar exteriormente de la fe, siempre que la conserve interiormente. De este tipo de lógica nace el concepto de taqiyya, es decir, la disimulación de la propia fe o de las propias convicciones para evitar un daño.
Dar al-Harb, kafir e infiltración ideológica
La taqiyya adquiere un significado especialmente inquietante cuando se vincula a la relación entre el islam y los territorios no islámicos. En la tradición islámica clásica, el mundo suele concebirse a través de categorías como Dar al-Islam, la casa del islam, y Dar al-Harb, la casa de la guerra, es decir, el espacio aún no sometido al orden islámico.
Desde esta perspectiva, los territorios no islámicos no son simplemente «otros países» con los que convivir pacíficamente de manera definitiva. Son territorios habitados por kafir, incrédulos, y pueden considerarse espacios que influir, penetrar, convertir, debilitar o conquistar, según las condiciones históricas y las relaciones de fuerza.
Es aquí donde la disimulación se convierte en un instrumento decisivo. Cuando el islam es débil, minoritario o socialmente sospechoso, no conviene presentarse tal como se desprende de sus fuentes más incómodas. Conviene parecer moderados, tranquilizadores, espirituales, dialogantes, víctimas de los prejuicios. Conviene hablar de paz, amor y tolerancia. Conviene negar o minimizar todo lo que pueda alarmar a la sociedad de acogida.
No es una simple cuestión de educación o prudencia personal. Es una estrategia comunicativa: presentar al exterior un islam domesticado, compatible con todo, mientras las fuentes islámicas clásicas cuentan otra historia.
La taqiyya como propaganda islámica en Occidente
La taqiyya no debe entenderse únicamente como el gesto del musulmán que oculta su fe para evitar una persecución. En el mundo contemporáneo también puede manifestarse en la propaganda islámica dirigida a las sociedades occidentales.
Uno de los principales objetivos de esta propaganda es convencer a los incrédulos de la benignidad del islam, eliminando dudas, temores y preocupaciones. El islam se presenta como una religión de paz, respeto, tolerancia, igualdad y derechos. Se repite que quien critica el islam es racista, ignorante, islamófobo o víctima de la propaganda. Se afirma que los problemas nunca dependen del islam, sino solo de malas interpretaciones, la cultura local, la política, el colonialismo, la pobreza o los errores individuales.
El guion es siempre el mismo: «eso no es el verdadero islam», «islam significa paz», «ese versículo está fuera de contexto», «Mahoma respetaba a las mujeres», «la sharía es justicia», «la yihad es solo un esfuerzo interior», «el islam protege a las minorías», «los musulmanes siempre han respetado a judíos y cristianos».
La kitman, en este sentido, se vuelve incluso más eficaz que la mentira directa. No es necesario decir algo falso: basta con seleccionar una parte de la verdad y ocultar el resto. Basta con citar los versículos más convenientes y callar los más incómodos. Basta con hablar de los musulmanes pacíficos y no hablar de la doctrina. Basta con mostrar el islam de los folletos y ocultar el islam de las fuentes.
En este vídeo se muestra un ejemplo clásico de taqiyya: afirmaciones difundidas públicamente con la intención de presentar aspectos del islam que no reflejan la realidad de sus fuentes y de su historia.
Cuando el islam es minoritario: mostrarse moderados
Cuando los musulmanes son una minoría y políticamente débiles, la presentación pública del islam tiende a ser tranquilizadora. Se habla de integración, diálogo, convivencia, respeto a las leyes, pluralismo y paz. Pero se habla mucho menos de apostasía, yihad ofensiva, inferioridad jurídica de la mujer, poligamia, matrimonio con menores, esclavitud, condición de dhimmi, castigos corporales, supremacía de la sharía y hostilidad doctrinal hacia los infieles.
No porque estos temas sean invenciones de los críticos del islam, sino porque nombrarlos abiertamente haría mucho más difícil la aceptación social del islam en Occidente. Decir toda la verdad sobre el islam, en ciertas sociedades y en determinadas fases históricas, significaría comprometer la imagen pública del islam.
Se prefiere, por tanto, presentar un islam compatible con todo: democracia, libertad religiosa, igualdad entre hombres y mujeres, derechos individuales, libertad de conciencia y separación entre religión y Estado. Pero cuando se pasa de las declaraciones públicas a las fuentes islámicas, el panorama se vuelve mucho menos tranquilizador.
Este mecanismo se relaciona también con el tema de las fases, las cifras y las relaciones de fuerza: un islam minoritario tiende a presentarse de una manera; un islam social y políticamente más fuerte puede permitirse hablar y actuar de otra. Sobre este punto, véase también el artículo ¿Por qué, con dos mil millones de musulmanes, no nos matan a todos?.
La disimulación en el discurso público
La disimulación no consiste únicamente en renegar de la propia fe bajo amenaza. También puede manifestarse en el discurso público, cuando un representante del islam evita cuidadosamente decir aquello que, de expresarse abiertamente, dejaría al islam en mal lugar en la sociedad en la que está hablando.
En estos casos no es necesario mentir de forma burda. Basta con omitir, suavizar, desviar la atención, presentar como marginal lo que es central en las fuentes, o como superado lo que sigue siendo perfectamente reconocible en la tradición jurídica islámica.
Se habla entonces de paz, diálogo, convivencia, respeto, espiritualidad, familia y valores. Se habla mucho menos de lo que haría que el islam fuera difícilmente aceptable en una sociedad libre: las relaciones con los infieles, la sharía, la apostasía, la yihad, la mujer, la libertad religiosa, la crítica a Mahoma, la subordinación de los no musulmanes.
El problema, por tanto, no es determinar si cada portavoz musulmán está mintiendo en cada ocasión. El problema es mucho más grave: el islam posee en sus fuentes una doctrina que puede hacer religiosamente legítimo ocultar, deformar o dosificar la verdad cuando ello sirve a la defensa del islam, a la protección de la comunidad musulmana o a su expansión gradual.
La taqiyya y la idea de que el infiel miente
Esta especie de santificación de la deshonestidad es justificada por muchos apologistas islámicos mediante la convicción de que quien se opone al islam está mintiendo o difamando la «Verdadera Fe». Para quien considera el islam una verdad evidente, perfecta y racional, el rechazo del islam no puede ser el resultado de una búsqueda sincera de la verdad: tiene que ser ignorancia, obstinación, mala fe o inmoralidad.
Frithjof Schuon describió así esta actitud:
«Las bases intelectuales y, por tanto, racionales del islam tienen el efecto de provocar en el musulmán medio la curiosa tendencia a creer que los no musulmanes o bien saben que el islam es la verdad y, por tanto, lo rechazan por pura obstinación, o bien simplemente lo desconocen y, por tanto, pueden ser convertidos mediante explicaciones elementales; el hecho de que alguien pueda querer oponerse al islam con la conciencia limpia excede con mucho la imaginación musulmana, precisamente porque el islam coincide en su mente con la irresistible lógica de las cosas».
Estas palabras ayudan a comprender por qué los argumentos de los apologistas del islam son a menudo elementales, repetitivos, circulares y casi infantiles. También ayudan a comprender por qué, cuando se les refuta, muchos apologistas islámicos pasan rápidamente al insulto, a la acusación de racismo o a la denuncia de «islamofobia».
Para muchos musulmanes, la idea de que un infiel pueda rechazar el islam basándose en una búsqueda sincera de la verdad es inconcebible. Si el islam es la verdad evidente, quien lo rechaza tiene que ser ciego, ignorante o mentiroso. Y si el infiel miente contra el islam, entonces se vuelve legítimo emplear contra él el arma de la disimulación, la propaganda y la verdad parcial.
La taqiyya más allá de la propaganda
La taqiyya va más allá de la mera finalidad propagandística. El origen etimológico de la palabra remite a la idea de protegerse, preservarse, ponerse a salvo. Incluye, por tanto, también la disimulación personal: dar la impresión de no ser religioso, no despertar sospechas, parecer integrado, adoptar exteriormente comportamientos contrarios a la práctica islámica si se considera necesario o útil.
Bajo esta apariencia falsa, un musulmán puede llegar, en ciertos contextos, a ocultar su fe, a renegar verbalmente del islam o a comportarse exteriormente de forma no conforme, siempre que no tenga realmente la intención de renegar de la fe en su corazón.
Si el resultado final de una mentira o de una disimulación se percibe como útil para el islam, para la protección de la comunidad musulmana o para la conversión de los infieles a la sumisión a Alá, entonces la mentira puede justificarse mediante la lógica de la taqiyya.
Un caso en los hadices: el permiso para mentir con el fin de matar a Ka’b bin al-Ashraf
Varios hadices muestran que el principio de la mentira admitida para un fin islámico ya era puesto en práctica por la primera generación de musulmanes:
Narrado por Jabir Abdullah:
«El Mensajero de Alá dijo: “¿Quién está dispuesto a matar a Ka’b bin al-Ashraf? Ha pronunciado palabras injuriosas y ha perjudicado a Alá y a Su Apóstol”. Maslamah se levantó y dijo: “¿Quieres que sea yo quien lo mate?”. El Profeta proclamó: “Sí”. Maslamah dijo: “Entonces permíteme mentir para que pueda engañarlo”. Muhammad dijo: “Puedes hacerlo”». (Sahih Bukhari – Volumen 5, Libro 59, Número 369)
Este episodio es especialmente significativo porque el permiso para mentir no se concede en una situación abstracta, sino dentro de una acción concreta contra un enemigo de Mahoma. También aquí la mentira no se trata como un mal absoluto, sino como un instrumento admitido cuando sirve a un fin considerado superior.
Taqiyya y diálogo con el islam
También a causa de esta doctrina, un intento sincero de «diálogo» con el islam se vuelve extremadamente difícil. Si una de las partes considera legítimo ocultar una parte de la verdad cuando cree estar defendiendo el islam, el intercambio ya no se produce sobre un terreno plenamente transparente.
Este principio debe tenerse siempre muy presente cuando vemos en televisión a un portavoz del islam profesar su amistad hacia los infieles, su lealtad a las leyes del Estado en el que vive o la naturaleza pacífica y democrática del islam.
La pregunta legítima no es si ese portavoz concreto está necesariamente mintiendo en ese preciso momento. La verdadera pregunta es otra: ¿está diciendo toda la verdad sobre el islam? ¿Habla también de sus fuentes incómodas? ¿Explica qué enseñan el Corán, los hadices, la sīra, el tafsīr y la jurisprudencia clásica sobre las relaciones con los infieles, la sharía, la mujer, la apostasía y la guerra? ¿O está presentando únicamente el islam de exportación, construido para que lo acepte quien no conoce las fuentes?
«En la historia del sunismo, la taqiyya nunca ha caído en desuso, ni siquiera entre los más escrupulosos». [Dizionario del Corano, bajo la dirección de Mohammad Ali Amir-Moezzi, Mondadori, p. 219]
Esta práctica destaca en la doctrina del chiismo, sobre todo porque, a lo largo de su historia, los chiíes han sido más que otros víctimas de las violencias internas del mundo musulmán. Sin embargo, reducir la taqiyya únicamente al chiismo sería engañoso: el problema se refiere, de manera más general, a la relación entre verdad, prudencia, interés religioso y defensa de la comunidad islámica.
En el archivo histórico de Panorama se publicó un reportaje de Silvia Grilli sobre el caso del disimulador Tariq Ramadan, titulado C’è un islam che vuole convertirci. Hoy el antiguo enlace directo al archivo ya no resulta correctamente accesible.
Conclusión: el problema no es la mentira ocasional, sino la doctrina
Todas las religiones y todas las ideologías pueden tener fieles incoherentes, propagandistas y mentirosos. El problema del islam, sin embargo, es más profundo: no se refiere únicamente al comportamiento individual de algunos musulmanes, sino a la presencia de principios doctrinales que pueden justificar la disimulación cuando esta sirve a la protección, la defensa o la expansión del islam.
La taqiyya y la kitman no son detalles marginales. Son instrumentos mediante los cuales el islam puede presentarse de forma distinta según el contexto, el público, la fuerza numérica y la relación de poder. Cuando el islam es débil, puede mostrarse conciliador; cuando es fuerte, puede permitirse ser más explícito. Cuando habla a Occidente, puede hablar de paz; cuando habla a sus propias fuentes, el lenguaje cambia.
Y precisamente por eso, quien quiera comprender el islam no debe quedarse en las declaraciones públicas de sus portavoces, sino volver a las fuentes: Corán, hadices, sīra, tafsīr y jurisprudencia islámica. Es ahí donde cae la máscara.









