Cada vez es más frecuente escuchar a los musulmanes mientras intentan explicarnos el significado del velo islámico para las mujeres. Por un lado, tenemos a los distintos imanes que dan como motivo principal que el velo representa la modestia, mientras que otros musulmanes que se definen como «progresistas» o «laicos» insisten incluso en que el velo nunca fue prescrito en el Corán.
Puesto que de ambos grupos oímos siempre que «hay que comprender el contexto en el que se revelaron los versículos del Corán» (asbab al-nuzu), no podemos sino complacerlos y examinar con más detenimiento el versículo que prescribe a las mujeres musulmanas el uso del velo (Jilbab): el versículo 59 de la sura 33.
El versículo 24:31 también prescribe el velo para las mujeres, pero es el 33:59 en particular el que resulta más exhaustivo en cuanto a sus implicaciones y consecuencias.
«Oh, Profeta, di a tus esposas, a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se cubran con sus velos, para que sean reconocidas y no sean agredidas. Alá es perdonador, misericordioso». (Corán 33:59)
La sura 33 llegó durante los dos años transcurridos entre la batalla de Uhud y la batalla del Foso. En aquel periodo, Mahoma y sus seguidores ya estaban asentados permanentemente en Medina y mantenían el objetivo de aumentar su poder con vistas a nuevas campañas militares contra los mecanos.
Junto a este aspecto está lo que los musulmanes denominan el periodo de las «reformas sociales», algunas de las cuales aparecen como «revelaciones» de Alá precisamente en este capítulo del Corán.
El contexto de Medina era el de una ciudad donde había diversas tribus y religiones, incluida una considerable presencia judía.
En este versículo, el Dios omnipotente, sabio y misericordioso del islam se detiene en lo que las mujeres musulmanas deben hacer cada vez que salen de casa para poder andar por la calle sin ser acosadas: llevar el velo para que los musulmanes las reconozcan como mujeres creyentes y no las molesten.
En efecto, resulta sumamente claro que, pese a su supuesta autoridad divina, el propio Alá acepta de buen grado que los hombres musulmanes puedan acosar a las mujeres y opta por prescribir a estas que se cubran, en lugar de enseñar a aquellos que acosar a una mujer es absolutamente incorrecto y condenable y que no debe hacerse por ningún motivo, con independencia de que la mujer sea musulmana o no.
Nada de esto se pone de relieve, porque la atención se centra únicamente en la naturaleza de la mujer como «fuente de tentación y de error», como también puede observarse en la última frase: «Alá es perdonador, misericordioso». Esta frase se dirige a las mujeres musulmanas que antes de esta «revelación» no habían utilizado el velo, cometiendo así un pecado. No se hace la menor mención a la gravedad de acosar a una mujer; por el contrario, se prefiere recurrir a una revelación para asegurarles que recibirán el perdón de Alá, a pesar de haber vivido algunos años cometiendo el grave pecado de no cubrirse.
En consonancia con la ideología islámica, también en esta ocasión las únicas que se equivocan y parecen tener algo que hacerse perdonar son siempre las mujeres, mientras que no hay la menor posibilidad de que se dirija una advertencia a los hombres que las acosan: para Alá, «omnipotente y sabio», es más importante mostrar su perdón a quienes han cometido el imperdonable pecado de no cubrirse hasta la llegada de esta «revelación».
El tafsir de Ibn Kathir sobre este versículo subraya que las musulmanas deben hacerse reconocer precisamente como «mujeres creyentes», y que así pueden evitar ser confundidas con esclavas o prostitutas y ahorrarse determinadas «molestias».
Nuestro Ibn Kathir es decididamente poco halagador: si las mujeres llevan velo, significa que son creyentes virtuosas; si no lo llevan, no pueden ser otra cosa que esclavas o prostitutas.
Esta línea de pensamiento poco edificante queda confirmada en los hadices que aclaran y desarrollan los motivos y las circunstancias en que Mahoma ordenó utilizar el velo.
Al leer detenidamente los hadices, se descubre que el uso del velo islámico ni siquiera fue una intuición —si puede llamarse así— del propio Mahoma, sino de uno de sus compañeros más cercanos, Umar ibn al-Jattab, el segundo de los cuatro califas bien guiados que sucedieron al fundador del islam.
Narró Aishah: «Las esposas del Profeta solían ir a Al-Manai’, un amplio espacio abierto (cerca de Baqi’, en Medina), para responder a la llamada de la naturaleza durante la noche. Umar solía decir al Profeta: “Haz que tus esposas lleven velo”, pero el Mensajero de Alá no lo hizo.
Una noche, Sauda bint Zam’a, esposa del Profeta, salió cuando estaba oscuro (a la llamada hora del Isha), y era una mujer alta. Umar se dirigió a ella y dijo: “Te he reconocido, Sauda”. Dijo estas palabras porque deseaba ardientemente que se revelara el versículo que prescribía el uso del hiyab para las mujeres. Así que Alá reveló el versículo del hiyab (sobre el cuerpo, excepto los ojos)». — Sahih Al Bukhari, vol. 1, libro 4, n.º 146
La misma historia se relata también en Sahih Muslim, vol. 6, libro 39, n.º 2170 a-b-c-d:
https://sunnah.com/urn/253950
https://sunnah.com/muslim/39/24
https://sunnah.com/muslim/39/25
Sucedía que, al caer la noche, Umar y sus secuaces rondaban por Medina tendiendo emboscadas a las mujeres, a menudo apostados en lugares donde era más fácil encontrar a mujeres solas y más expuestas a su violencia, especialmente al caer la oscuridad. Uno de esos lugares eran los campos a los que las mujeres solían ir para realizar ciertas funciones fisiológicas de evacuación.
Entre ellas estaban también las esposas del Profeta, y su presencia podía entorpecer las «actividades» de Umar y sus seguidores, sin contar con que alguna de ellas u otra mujer musulmana «virtuosa» podía acabar accidentalmente siendo víctima de la violencia de los musulmanes. Umar lo sabía y pensó en advertir a Mahoma, pidiéndole que obligara a las mujeres musulmanas a cubrirse para ser reconocidas. Sin embargo, el profeta del islam se mostró reacio a aceptar aquella petición, pues probablemente no quería satisfacer una solicitud explícita de uno de sus seguidores mediante una revelación hecha a propósito.
Una noche, Umar y sus amigos se encontraron con Sawdah bint Zamah, una de las esposas de Mahoma, que se disponía a hacer sus necesidades. Sawdah era una mujer de cierta corpulencia y era fácil advertir su presencia, como se relata en varios hadices, entre ellos los citados anteriormente.
Umar no dudó en aprovechar la situación diciéndole en voz alta que tanto él como sus compañeros la habían reconocido, dando a entender que solo había tenido suerte por su corpulencia, pero que podría haber sufrido un ataque de los musulmanes, puesto que no se había cubierto con el velo como Umar había indicado antes a su profeta que ordenara. Así esperaba obtener por fin lo que buscaba: un instrumento de identificación para las mujeres musulmanas que dejara a los hombres islámicos libres para concentrarse en las demás mujeres sin dañar a las musulmanas, incluidas las esposas de su profeta. Y así ocurrió: Sawdah contó lo sucedido a Mahoma, quien finalmente accedió a recibir la «revelación» específica sobre el velo.
Umar era una persona que tenía cierta influencia en las decisiones de Mahoma y presume de su importancia en las «altas esferas» en este hadiz, en el que recuerda que, entre las diversas «revelaciones» llegadas a petición suya, estaba también la que prescribía el velo para las mujeres musulmanas.
Narró Umar (bin al-Jattab): «Mi Señor aceptó mi invocación en tres asuntos: (el segundo) respecto al versículo que prescribe a las mujeres ponerse el velo, dije: “¡Oh, Mensajero de Alá! Deseo que ordenes a tus esposas cubrirse ante los hombres, porque tanto los buenos como los malos podrían dirigirse a ellas”. Así se reveló el versículo que prescribe el velo a las mujeres (24:31, 33:59)». — Sahih Al Bukhari, vol. 1, libro 8, n.º 402
Podemos observar cierta seguridad en Umar, hasta el punto de ejercer una verdadera intimidación contra las mujeres que se niegan a utilizar el velo: hombres poco recomendables podrían dirigirse a ellas con actitudes no precisamente «amables», como, por otra parte, los musulmanes se consideraban autorizados a hacer con cualquier mujer que para ellos fuera una prostituta o una esclava por carecer de velo.
¿No recuerda esto a nada? ¿Cuántas veces se escucha a líderes religiosos islámicos referirse en sus sermones a las mujeres kuffar llamándolas precisamente «prostitutas»? ¿Y qué decir de los ataques de musulmanes contra mujeres occidentales ocurridos durante el Año Nuevo de 2016 en Colonia y otras ciudades?

Un musulmán podría objetar que la prescripción de este versículo se refiere a los incrédulos que acosaban a las mujeres musulmanas, quienes, precisamente por ello, se vieron obligadas a cubrirse para protegerse.
Todo esto carece de sentido por al menos dos motivos. En primer lugar, si los incrédulos hubieran tenido realmente una conducta tan malvada hacia las mujeres, un velo ciertamente no habría bastado para disuadirlos, sobre todo cuando una prescripción tan singular y selectiva era transmitida por un hombre al que los kuffar no reconocían ninguna autoridad como profeta.
En segundo lugar, si las mujeres musulmanas de Medina hubieran sido acosadas por los incrédulos allí presentes precisamente por ser musulmanas, no habría tenido ningún sentido hacerlas aún más reconocibles y, por tanto, aún más expuestas al peligro: habría sido completamente contraproducente, pues esa medida solo habría hecho de las musulmanas un blanco todavía más fácil gracias al velo identificativo. Por el contrario, pasar desapercibidas habría sido la opción más sensata para proteger su integridad.
Otra objeción de un musulmán podría ser que la prescripción del velo solo fue «facilitada» por Umar y que Alá después la «oficializó». Todo esto carece de sentido porque el conjunto del episodio no tiene nada de divino: vemos a Umar consultar a Mahoma para que apruebe el velo para las mujeres musulmanas, pero él se niega; entonces Umar chantajea a la esposa de Mahoma y, al final, Mahoma cede y acepta «revelar» el 33:59. Pues bien, la prescripción del velo que Umar deseaba estaba tan «inspirada» que Mahoma inicialmente había rechazado la petición de su compañero. ¿Cómo es posible que un profeta no reconozca desde el principio el «carácter divino» de una prescripción y necesite, en cambio, llegar a sufrir el chantaje de uno de sus compañeros? Es realmente muy extraño el concepto de «revelación divina» en el islam. La dinámica muestra sin sombra de duda hasta qué punto es fraudulenta la idea de Mahoma como «profeta» capaz de transmitir supuestas revelaciones divinas procedentes de Alá.
El velo islámico no es más que una especie de doble salvoconducto: al llevarlo, las mujeres musulmanas podían librarse del acoso de los seguidores de Mahoma, quienes, al identificar a sus «hermanas» gracias a ese símbolo de reconocimiento, podían a su vez dedicarse tranquilamente a acosar a las mujeres incrédulas de Medina.
Basta pensar en la situación actual, en la que en los países occidentales las mujeres islámicas que llevan hiyab continúan haciéndolo con total seguridad, mientras que a menudo son las mujeres no islámicas, por carecer del «salvoconducto», las que son objeto de acoso o violencia de raíz ideológica islámica.
Resulta evidente que el hiyab y los demás tipos de velos islámicos no fueron prescritos por casualidad y no representan en absoluto la modestia. El velo que llevan las mujeres representa la negativa de los hombres a controlar sus instintos hacia ellas, así como la aceptación por parte de las propias mujeres no solo de cargar visiblemente sobre sus hombros con el peso de la «culpa», sino incluso de convertirse en un instrumento destinado a marcar islámicamente el territorio.









